Comunicado de uno de los compañeros condenados por la huelga general del 14 N

Durante el trascurso del juicio tomé la decisión de hacer uso al final del mismo del derecho a la última palabra. Cuando llegó la oportunidad me levanté, me acerqué al micrófono y me dispuse a buscar la mirada tanto del juez como del fiscal.

Comencé por relatar como en mi casa lo único que intentaron inculcarme desde bien pequeño es esa idea de que “ en un mundo en el que gobierna la mentira, solo cambiará el estado de las cosas el ir con la verdad por delante”.

Y seguidamente a esa introducción les anuncie que el porqué de la misma estaba motivada en las tres cuestiones que sentía, debía decirles:

Que no me creía que no fuesen conscientes de que en este país hay un problema crónico con los antidisturbios y que, desde mi perspectiva y la de muchos más, estos tienen como metodología denunciar por “atentado a la autoridad” para justificarse de cada carga que se les va de las manos, que suelen ser todas.

Que estaba muy tranquilo, porque tenía la sensación de que si ellos dos, juez y fiscal, hubiesen presenciado lo que sucedió el día de la huelga, tendrían tantas ganas de que quedásemos libres como la gente que estaba apoyándonos a la afueras del juzgado.

Que si tanto el juez como el fiscal admitieron en el transcurso del juicio que los antidisturbios llegaron a romper los dientes y la nariz a un chico que no hizo nada. ¿Cómo era posible que si yo y mi compañero imputado hubiésemos agredido a tantos antidisturbios, no presentásemos lesión alguna?

Debí de estar medianamente convincente porque compañeros, mi abogada y hasta una periodista que estaba cubriendo la noticia, vinieron a felicitarme. Así que durante estos 8 meses de espera por la sentencia, me quedé con esa esperanza y hasta me olvidé de qué fue lo que motivó mi intervención al finalizar el juicio y que ahora me obligan a recordar:

El juez denegó el vídeo de mi detención pese a estar admitido como prueba porque este desapareció de un pendrive en estancias judiciales. Un vídeo que contradice la versión policial que afirma que yo iba encapuchado y que golpeé a varios antidisturbios.
El juez denegó la visualización de una copia del mismo.
El juez denegó todas las fotos que confirman desde otros ángulos lo que ya muestra el vídeo.
El juez denegó un documento médico del día anterior a mi detención que informa de que asistí de urgencias por un proceso febril derivado de una faringitis y que, al menos, pondría en duda la versión policial que afirma que, menos de 24 horas después, yo fuese capaz de ser el “miembro más activo y violento de un piquete que sobrepasaba el centenar de personas”.
El juez cortó y censuró continuamente la declaración de mi testigo; Fernando de Silva, abogado que contactó con mi defensa al haber presenciado como se produjo mi detención.
El juez no dejó interrogar por parte de mi defensa al inspector de policía autor del informe que me acusaba.
El juez no dejó interrogar por parte de mi defensa al médico forense autor de un informe que señala que un antidisturbio,por una “erosión en un dedo”, necesitó de 15 días de baja.

Ahora, con la sentencia en la mano compruebo no solo que mi palabra no vale nada, compruebo que tampoco valieron las palabras de periodistas y trabajadores que fueron a declarar al juicio como testigos de lo que pasó ese 14-N. Compruebo además que el juez considera a los antidisturbios como garantes de la verdad más absoluta y que sus palabras- pese a sus contradicciones- son más que suficiente para condenarnos a 1 año y 3 meses de prisión.

Fui el primer detenido aquel día de huelga. Fue a raíz de mi detención cuando empezaron a cargar contra el resto de trabajadores y perseguirlos incluso hasta el interior de la casa sindical de Xixón.
Y si ya puede resultar aberrante como se desarrolló el juicio, más lo fue el motivo por el que comenzó todo:

Ese 14-N, cuando estábamos a punto de acabar el recorrido del piquete, escuché a un grupo de antidisturbios hablar entre ellos ,en términos bastante insultantes y amenazantes, de un compañero. Cuando se dieron cuenta de que había escuchado a espaldas de ellos toda la conversación y comprobar que me dirigía hacía la persona de la que hablaban, un policía me gritó: “ ¿ A dónde vas imbécil?” a lo que yo contesté con toda tranquilidad y una sonrisa en la cara : “ a avisar al chaval del que habláis de la que le estáis preparando”. Fue entonces cuando se me tiraron todos encima.

Pues eso, 1 año y 3 meses de cárcel… !Ah! Se me había olvidado, que esto del dinero cuando se habla de condenas privativas de libertad pasa a un segundo plano; sí, también tengo que indemnizar a los antidisturbios que estuvieron de baja por lesiones, todas registradas, curiosamente, a lo largo de los mismos brazos con los que alzaron sus armas.